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Varios metros bajo tierra

Varios metros bajo tierra

Fotos de Juan Roberto Pacelli, Loombaron y Santiago Solis en Flickr bajo licencia de Creative Commons

No ames incondicionalmente a quien te maltrata. Eso no es amor. El amor es puro. El amor es respeto. El amor es compañerismo.
El amor es todo menos violento. 

Cuando era pequeña, aproximadamente siete años, mis padres me cambiaron de escuela. El primer día de primero de primaria estaba asustada, no conocía a nadie, pero a la vez emocionada porque nadie me conocía a mí y esperaba que todos quisieran hacerlo. 

Inmediatamente hice amigos, amigos que serían para toda la vida. Además, me enamoré por primera vez. Se llamaba Marcos. Por los apellidos nos sentaron al lado y quedé flechada. Pero él parecía que ni cuenta se daba que yo existía. 

Pasaron las semanas y por fin logré que Marcos me hablara, me acuerdo como hoy. Le ofrecí ayuda con una tarea y claro que aceptó. Terminé no solo ayudándolo, sino haciéndosela. Se volvió costumbre, era la que siempre le hacia las tareas y permitía que se copiara en los exámenes. Pensaba que viendo mis buenas intenciones se enamoraría de mí y seríamos felices para siempre. 

En tercero de primaria, me di cuenta que mi sueño no se cumpliría, así que cambié de actitud y le dije que no por primera vez en dos años. ¿Para que fue eso? … Marcos logró poner a todos en contra mío, dejé de tener tantos amigos, siempre me molestaban dentro y fuera de clases. Me metían el pie para que me cayera, me tumbaban los libros, se burlaban de mi ropa, me insultaban… en fin, me hacían la vida miserablemente imposible. 

¿Qué hacía? Yo me hacía la fuerte, la que no le importaba nada, porque a pesar de todo, aún seguía enamorada de Marcos, pues en cierto punto llegamos a ser buenos amigos. 

Llegó bachillerato y las cosas se calmaron. Al punto de que en primero, Marcos y yo nos metimos en amores. Si, así como lo oyen. Todo era tan perfecto. Lo que yo siempre soñé y más. 

Mi familia estaba en contra de esa relación y mis amigos tampoco la aprobaban. Todos decían que él no había cambiado. Tengo que darles algo de razón, cada vez que peleábamos me ofendía e insultaba de la peor manera, y aunque no me pegaba, si me daba miedo lo agresivo que se ponía. 

Pero bueno, como eso no era siempre, duramos diez años juntos. Fuimos a universidades diferentes, empezamos a trabajar y fuimos construyendo un futuro profesional próspero. Una vez terminamos por tres meses, porque las peleas se hacían cada vez más constantes y aterradoras. Pero el me juró que cambiaría. Incluso estuvo visitando un psicólogo esos tres meses. 

Nos mudamos juntos. Una noche, ambos llegamos cansados del trabajo, y empezamos a discutir por una estupidez. Pero la pelea se fue intensificando hasta que me pegó por primera vez. Me pegó una y otra vez hasta que quede casi inconsciente. 

No tuve que dejarlo, el me dejó ese día. Honestamente creo que nunca hubiera podido abandonarlo. Lo amaba demasiado. Pero ahora que han pasado los años, me doy cuenta de que probablemente si hubiera seguido con él, no pudiera contar la historia, pues estaría enterrada varios metros bajo tierra. 

Tuve que buscar ayuda, lo que debí hacer desde pequeña. Con terapia me di cuenta de que repetí el mismo patrón de mis padres. Amé incondicionalmente a quien me maltrato. Eso no es amor. El amor es puro. El amor es respeto. El amor es compañerismo. El amor es todo menos violento. 

Si estas en una situación similar o conoces a alguien que lo este, necesitan abrir los ojos, despertar y buscar ayuda. Nadie merece estar en esa posición. Tu vida vale mucho. Tú vales mucho.  

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